Mi mamá empezó sola
Hace más de quince años mi mamá empezó a lotizar terrenos en Chimborazo. Sola, sin socios. Compraba un terreno, lo dividía, buscaba a quién le podía servir, y volvía a empezar. Con los años fue entrando también en la construcción.
El primer proyecto que yo recuerdo fueron ocho casas vacacionales en Chambo. Yo era un niño y para mí era un paseo más con mi mamá. Hoy, que conozco por dentro lo que cuesta sacar un proyecto adelante, lo veo distinto: entiendo el tamaño de lo que ella estaba haciendo, y lo estaba haciendo sola.
Todo lo que ves en esta página salió de ahí.
Crecí caminando terrenos
No tengo un recuerdo de infancia donde no aparezca un terreno. Mi mamá me llevaba a todos, y no me llevaba de adorno: me preguntaba si me gustaba o no me gustaba, qué creía yo que se podía hacer ahí, a cuánta gente podíamos ayudar en ese pedazo de tierra, cuántas familias iban a vivir ahí.
Era un niño. No sabía nada de metros ni de precios, y ella lo sabía. Me preguntaba igual, y se quedaba escuchando la respuesta. Es de los recuerdos más bonitos que tengo.
Esas preguntas se me quedaron. Hoy son exactamente las que me hago cuando piso un terreno nuevo. Y trabajar con ella no lo doy por sentado: mucha gente admira a su mamá de lejos, yo tengo la suerte de aprender de la mía de cerca, todos los días.
Cómo nos repartimos el trabajo
Mi mamá ve el lado legal: escrituras, trámites, municipio, permisos. Es la parte más lenta y la más delicada del negocio, y es lo que ella hace mejor que nadie.
Yo veo el otro lado: buscar terrenos nuevos, calcular qué sale de cada uno —cuántos lotes, de cuántos metros, a qué precio tiene sentido—, las ventas, el marketing y el acompañamiento a cada cliente hasta la escritura.
Suena muy ordenado dicho así. En la práctica es discutir, no estar de acuerdo, y terminar decidiendo juntos.
Si escribes al WhatsApp de la página, te contesto yo.
Por qué Riobamba
Nací en Riobamba en 2001. Me fui: cuatro años en Quito por la universidad, unos meses en Nueva York. Vi ciudades más grandes, más rápidas, con más de todo. Y volví.
Volví porque me hacía falta. Cualquiera le tiene cariño a la ciudad donde nació; lo mío va más allá de eso. Me gusta caminar el centro histórico sin apuro. Me gusta pasar por el San Felipe, que fue mi colegio, y quedarme un segundo más de lo necesario mirando la puerta. Me gusta el Parque Sucre un domingo en la mañana. Aquí me formé como hombre, y a esta ciudad le debo casi todo lo que soy.
A Riobamba le dicen la ciudad de las primicias, porque aquí pasaron primero muchas cosas en el Ecuador. Crecí escuchando eso con orgullo, y también viendo cómo esa grandeza se fue quedando atrás. No voy a decirte que una lotización le devuelve a una ciudad el lugar que tuvo. Pero cada proyecto que sale bien deja algo: familias que se quedan en vez de irse, barrios que empiezan a moverse, dinero que circula aquí y no en otro lado.
Quiero dejar mi huella en esta ciudad. En ninguna otra. Que dentro de unos años alguien camine por un barrio donde hoy todavía no hay nada, y ese barrio exista porque un día mi mamá me paró en medio de ese terreno y me preguntó cuánta gente podría vivir ahí.
Por qué algunos proyectos tienen nombre en hebreo
Emuná es fe. Shefá es abundancia.
Mi mamá estudió en Israel y le marcó. Cuando empezamos a ponerle nombre a los proyectos, los nombres salieron de ahí, y seguimos en esa línea. No es más profundo que eso: son palabras que significan algo para ella, y nos gusta que cada terreno llegue con una.